
KING CRIMSON “In the Court of the Crimson King” (1969)
Finales de los 60 en Inglaterra: la psicodelia ya había tocado techo y muchos músicos querían empujar las paredes del rock hacia territorios más amplios. Había bandas coqueteando con orquestas, otras con improvisaciones largas, y una sensación general de “esto puede ser algo más grande que tres acordes y estribillo”. En ese caldo de cultivo aparece KING CRIMSON y, de golpe, se apropia de la escena underground de Londres.
Lo que sorprende es la madurez del conjunto: ROBERT FRIPP trae una visión muy clara; IAN McDONALD aporta texturas y detalles que definen al género; PETER SINFIELD crea letras sombrías y poéticas; GREG LAKE y MICHAEL GILES sostienen todo con una elegancia que no se estorba a sí misma. “In the Court of the Crimson King” no es un ‘disco más’; es un manifiesto de intenciones: ‘el rock puede ser un viaje, puede ser literario, puede ser cinematográfico, y aún así puede estremecerte’. La portada —ese rostro abierto en un grito— ya te avisa que lo de adentro no es ligerito: es inquietante, es serio y es ambicioso.
El timing también fue perfecto: el público estaba listo para algo más grande que la típica canción lisérgica, y KING CRIMSON puso sobre la mesa una propuesta que parecía venida del futuro.
El arranque con '21st century schizoid man' es una sacudida de las que te cambian la cara: un tema áspero, lleno de energía contenida y de explosiones que te toman por sorpresa. No es sólo “ruido poderoso”; hay intención, hay nervio, hay una manera de decir “esto no es para pasar de fondo, siéntate a escucharlo”. Ninguna banda que hoy en día se precie de ‘progresiva’ puede dejar de tocar esta pieza, y es una de las canciones más grabadas del género.
Luego 'i talk to the wind' abre una ventana: el disco respira. Es una canción delicada, con una belleza que no pretende deslumbrar; simplemente te acomoda los hombros después del golpe inicial. Ahí empieza a entenderse una de las grandes virtudes del álbum: el contraste. No es una colección de canciones parecidas; es un recorrido con estaciones muy distintas.
'epitaph' es el corazón emocional del disco. Tiene ese tono de elegía que nos sigue tocando nervios hoy: suenan ecos de fin del mundo, una nostalgia rara, un “algo grande se nos está escapando de las manos”. Es solemne sin ser empalagosa, intensa sin perder la forma.
'moonchild' se da el lujo de divagar. La primera parte es casi un sueño despierto; después, la pieza entra en un terreno más libre, de susurros y silencios. Para algunos, ese tramo es un momento para dejarse llevar; para otros, una prueba de paciencia. En el contexto del disco, funciona como una caminata nocturna antes del gran final.
Y llegamos a 'in the court of the crimson king': la despedida grandiosa. Todo lo recorrido parece confluir ahí: imágenes poderosas, una melodía que se te queda y esa sensación de ‘acabo de ver una película completa, no sólo cinco canciones’. Termina y te da la impresión de haber asistido a algo coherente y monumental, pero sin que eso le quite lo aventurero. Esa es la gracia del álbum: no elige entre emoción y riesgo; se queda con ambas.
Pocos debuts han sido tan fundacionales. Este álbum ayudó a legitimar la idea de que el rock podía contar historias más largas, manejar climas muy marcados y, aún así, mantener la fuerza. De aquí salen rutas claras: GREG LAKE llevaría parte de ese espíritu a ELP; otras bandas inglesas tomarían la idea de “disco conceptual” como bandera; décadas después, artistas muy distintos seguirían aprendiendo del equilibrio entre emoción y exploración que se escucha aquí. Si ponemos un ‘acta de nacimiento’ al rock progresivo, “In the Court of the Crimson King” está en la primera línea. Aunque es cierto que meses antes ya se habían publicado otros álbumes que traían consigo las semillas de este género, casi todo el mundo acepta que éste fue el primero de la historia del rock progresivo. Si hay un grupo que ejemplifique el rock progresivo, por su voluntad para cambiar los parámetros del rock “normal” y su constante búsqueda de nuevas fuentes de inspiración, es éste. Y quizá lo más importante: KING CRIMSON no se quedó repitiendo la fórmula, lo que, paradójicamente, también marcó al género—el rock progresivo no nació para quedarse quieto.
En resumen: este álbum no sólo inauguró un sonido; inauguró una actitud. Si hoy hablamos del progresivo como una música que se atreve, que cambia de piel, que te pide atención y te la recompensa, es en buena medida porque en 1969 un grupo decidió que el rock podía ser más profundo, más poético y más intenso—todo al mismo tiempo. Y lo demostró en cinco piezas que, más de medio siglo después, siguen sonando a descubrimiento.
–MARTÍN HERNÁNDEZ (2025).